domingo, 11 de septiembre de 2011

Dar en el blanco

Es una verdad innegable que estamos pasando por una época de extremos. Si hace dos semanas os hablaba de que era tendencia la estética “ángel del infierno” hoy os ataco con la invasión del blanco virginal (¡ja!). Menos mal que (unas más que otras) estamos diseñadas a prueba de paranoia, porque este constante transformismo hace que dejemos pequeña a la drag queen más extremista.

En fin, no voy a hacer historia, pero podría deciros que en los cuatro últimos siglos antes del nacimiento de Cristo se obtenía el color blanco enterrando plomo en estiércol (¿a que os acaban de entrar ganas de vestiros de negro riguroso durante el resto de vuestra vida?). ¡Y pensar que lo identificamos con la limpieza! Así es, el blanco se asocia a la paz, la pureza, la virginidad (¿he dicho ya “¡ja!”?) y la inocencia. Pero también al frío, por lo que resulta curioso que, tradicionalmente, fuera un color al que los diseñadores recurrían casi exclusivamente en verano.

La moda se reinventa a si misma, y así los colores que hoy asociamos con el luto o las bodas, no hace tanto que han intercambiando sus papeles. Actualmente se asume que fue en 1840, en la boda de la británica reina Victoria cuando realmente emergió la tradición de casarse de blanco. Respecto al duelo, ya en la Roma Imperial se usaban colores oscuros para indicar que se estaba de luto. Pero no fue hasta los siglos XVI y XVII cuando se extendió la costumbre de que vestirse de luto era vestirse de negro.


En fin, me estoy alejando del tema. A lo que voy. Este año, a las alturas que vamos, las shophacolicas que como yo, penséis que hacer footing es recorrer con tacones de 16 cm. la calle Serrano y lo más parecido a los abdominales es agacharse para atar los cordones de vuestros blucher, os habréis dado cuenta de que este invierno debemos apostar por el total look blanco. Pero mucho cuidado, porque si bien es un color que favorece muchísimo el trabajadísimo moreno del verano, si en invierno os gusta lucir una piel nívea, corréis el riesgo de pareceros a “la chica de la curva”. Así, que, por Dios, dosificad.

Bien, el tema es que en las pasarelas hemos visto mucho blanco. Nos lo han propuesto Carlos Díez,


Teresa Helbig,


o Yves Saint Laurent,


Pero yo, si tengo que elegir, me quedo con las propuestas de Alexander McQueen. Me han gustado sus abrigos,


sus vestidos para día,


y, tatatachán (incluid aquí un redoble de tambores), sus fabulosos vestidos de fiesta, cuajados de trabajos de papiroflexia.


Mientras esperamos que nos toque la loto o, en su caso, que un jeque se decida a cambiarnos por veinte camellos, os traigo algunas propuestas low cost.

Me han gustado los abrigos que he visto en Zara, Mango y Pull and Bear.


Zara

Mango
Pull and Bear
Me parece fantástico el cardigan de H&M.

También he visto algunas chaquetas cortas, estupendas cuando el frío nos de una tregua. Me ha gustado la de pelo que he encontrado en Blanco (tengo una parecida de Friday’s Project y es superponible).


la superochentera de H&M,


y la biker de Zara.




En el post de la semana pasada ya os recomendé tener como fondo de armario un LWD (a mí todavía no me ha llamado Clooney para lo de la boda, ¿alguna ha tenido más suerte?); ahí van algunas propuestas de Mango, Massimo Dutti y Zara.
Mango
Massimo Dutti
Zara
Respecto a los complementos, podéis elegir entre unas comodísimas bailarinas, como estas de Uterqüe (fantástica la puntera de ballet),
o el botín peep toe con cordones de Zara.
la bandolera con cierre metálico, también de Zara,
o el clon (ejem, ejem) del 2.55 de Chanel que tienen en Bershka.
Este invierno, el frío nos traerá el blanco polar, quien se apunte, ¡que levante la mano!


P.E.: Hoy, de forma excepcional, he colgado dos post. Éste segundo es el habitual, centrado en la moda (mi hobby favorito); el primero, por ser hoy 11-S, se lo he dedicado a Nueva York (el amor de mi vida). Os invito a leerlo; espero que lo disfrutéis tanto como lo he hecho yo volviendo a pasear por las calles de esa ciudad. Clic.

Un día en Nueva York


Durante toda la semana los medios de comunicación nos han estado bombardeando con el recuerdo del 11-S de hace una década. El día que cambió el mundo. Hoy, diez años después, me siento obligada a rendirle homenaje a la ciudad en la que pasé una pequeña parte de mi vida que me cambió para siempre y me hizo sentirme extraña en cualquier otro lugar. Obligada a homenajear a mi ciudad, Nueva York.

Veamos, podría empezar liándome a dar cifras como una posesa: que si casi 9.000.000 de habitantes en la ciudad y 22.000.000 en el área metropolitana, que si una extensión aproximada de 780 km2, que si…, que si… Pero no voy a hacer eso, porque nadie habla de alguien a quien quiere diciendo cuantos huesos tiene o su peso o talla de chaqueta.

Lo primero que os voy a decir es que para mí Nueva York no es una ciudad, es un estado de ánimo. Es alegría en Greenwich Village y el Soho. Es tranquilidad en Queens y placidez en las mañanas de Central Park. Nostalgia en la playa de Coney Island.

¿Os apetece dar un paseo conmigo por mis lugares favoritos en la ciudad que nunca duerme?

Llegar a Manhattan supone dar un giro radical a tu concepto de ciudad. Llegar a Manhattan no tiene comparación con ninguna otra cosa que hayas podido ver, oír o sentir jamás. Porque, en pocas palabras, es la capital del mundo. Es Italia con sus “mammas” vestidas de negro. China y el pescado secándose al aire en los puestos callejeros como pequeñas piezas de ropa. La pintoresca, vieja Europa y sus terrazas animadas con toldos de colores y macetas atestadas de flores. África y sus mujeres vestidas como mariposas multicolores tocadas con peinados imposibles. India y sus hombres de turbante y semblante impasible.

Abróchate el cinturón, porque después de casi 8 horas de vuelo hemos llegado al JFK. Desde allí, la carretera hasta Manhattan deja ver a lo lejos la ciudad de los rascacielos. Pero Manhattan sólo es uno de los cinco distritos de la ciudad de Nueva York. Los otros cuatro son Queens, El Bronx, Brooklyn y Stanten Island. Pero es esta isla de 20 kms. de largo por algo más de 3 de ancho la que va a acaparar nuestra visita.

Cuando llegas por primera vez a Manhattan te sientes pequeño, muy pequeño y muy perdido. Y miras hacia el cielo en busca del final de esas torres que se elevan tan poderosas. ¿Queréis ver el cielo? Subamos entonces al Empire State. Hoy por hoy el edificio más alto de Nueva York. 102 plantas que sirvieron para que King Kong se batiera en duelo con aquellos míticos aviones o para multitud de románticos encuentros cinematográficos. Es una mole que impone desde abajo y enamora desde arriba. En el observatorio de la planta 86 te sientes observando un mundo de juguete, con cientos de pequeños puntos amarillos yendo y viniendo, los famosos taxis neoyorkinos. La cuadricula perfecta de sus calles y avenidas. El Central Park, el bajo Manhattan con sus callecitas desordenadas y, más allá, la Estatua de la Libertad. Y al alcance de la mano mi edificio favorito, el Chrysler con su cúpula puntiaguda y reflectante. Si vamos de noche, la panorámica de la ciudad es impresionante, pero de día se puede contemplar el Central Park.




Casi 5 kms. de largo por cerca de uno de ancho. Esa es la extensión de este gran rectángulo de vegetación. Pero no es sólo el pulmón de Nueva York. Son sendas para pasear tranquilamente, montar a caballo o patinar. Barcos veleros teledirigidos en sus lagos. Ardillas. Tiovivos. Campos de césped recién cortado. Y Strawberry Fields. El lugar preferido de John Lennon. En el centro un mosaico en blanco y negro con la palabra IMAGINE. Y alrededor plantas traídas de todas partes del mundo. Enfrente el misterioso Dakota, lugar que eligió para vivir y a las puertas del cual fue asesinado. Y al otro extremo del parque, el Metropolitan. Uno de los mayores museos del mundo, con su inmensa cristalera por la que el Templo de Dendur se asoma a la Gran Manzana.

Va cayendo la noche. La noche ajetreada, la noche del claxon eterno y de los luminosos de Times Square. Broadway, la avenida más larga de Nueva York (nada menos que 33 kms. de longitud) y la única que atraviesa la isla de Manhattan en diagonal, en su cruce con la 7ª avenida forma Times Square. En Times Square cuando llegas por primera vez te pierdes entre luces de neón, pantallas gigantescas, el barullo del gentío y las mil y una tiendas. Relojes, camisetas, láminas, comida. Es el corazón de la isla. De día los luminosos continúan siendo luminosos y de noche no duerme. Las tiendas siguen ahí y sólo la gente es diferente. Porque cada día 2.000.000 de personas pasan por ese lugar y muchos millones en el mundo lo ven a través del cine, la televisión, las fotografías, la pintura.

Pero Manhattan se escribe también con sus puentes.


Llegar a la parte central del Puente de Brooklyn y contemplar desde allí la parte baja de Manhattan mientras el sol se está poniendo entre las acristaladas torres y algunos rayos se escapan entre los edificios, envolviéndolos, es magia. Mientras a nuestro lado la gente corre y camina, mientras no paran de pasar patinadores y ciclistas, nos apoyamos en el muro metálico repleto de gruesos remaches y dejamos que nuestra mirada se pierda en el downtown de Manhattan. Al fondo, entre la neblina del atardecer, podemos distinguir a Miss Liberty. Si giramos, el azul del increíble Puente de Manhattan, también colgante, brilla con luz propia, sin duda prestada de la del atardecer. La ciudad comienza a engalanarse de luces para recibir a la noche.

Una ciudad que nunca duerme. Trepidante. Sonora. Grandiosa. Hipnótica. Variopinta. Natural. Mundial. Materialista. Capitalista. Exigente. Cautivadora. La noche para Times Square. El atardecer para Wall Street y el Puente de Brooklyn. Las primeras horas de la tarde para Central Park. El resto del día para cualquier lugar.

Si vais a Nueva York consultad el calendario lunar, porque ver la luna llena sobre Manhattan es, simplemente, inolvidable.


domingo, 4 de septiembre de 2011

Los imprescindibles


El secreto para saber si una prenda pasará a formar parte de nuestro fondo de armario es elegir un buen tejido, un corte intemporal y, sobre todo, que al comprarla pensemos si podríamos salir con ello puesto directamente del probador a la calle (abstenerse si es ropa interior, please) sin arriesgarnos a salir en la página de anécdotas del periódico; vamos, si te lo puedes poner en los próximos 15 minutos, nada de “esto lo guardo para una ocasión especial”. Claro que si conseguir un buen fondo de armario es tan fácil, cierro el blog y me voy de cañas.

Y los elegidos son:

u Para fuera:

·        Blazer azul marino, la más preppy (lo que viene a ser el pijo de toda la vida) que encontréis. Customízala con un escudo estilo college inglés y será perfecta.

·        Gabardina, larga o a media pierna. Nunca se sabe cuando podrá salirte un trabajo de detective o si se te cruzarán los cables y decidirás dedicarte al exhibicionismo.
·        Un buen abrigo de paño. Es una buena opción elegirlo en color camel, porque, desde que tengo uso de razón no ha pasado de moda. Ni que decir tiene que hay que huir de los ricitos, plieguecitos, volantitos y demás –itos, que pasan de moda con la rapidez del rayo. Mejor un patronaje sobrio que resistirá el paso de los inviernos como el iglú de un esquimal.
·        Smoking: creado en su versión femenina por YSL. Si te invitan a la fiesta de tu vida con un cuarto de hora de antelación, podrás llegar a tiempo y estar impecable. Para que sea una inversión intemporal el pantalón ha de ser recto y ligeramente largo y la chaqueta no demasiado ancha ni demasiado larga, ajustada y con mangas revestidas en raso para poderlas remangar. Lo mejor es elegirlo en negro, azul noche o blanco y acompañarlo siempre de stiletto y un supersofisticado sujetador bajo la chaqueta.


u Para dentro:

·        Camisa blanca, hace juego con todo y nos ayuda a jugar el papel que queramos interpretar: abrochada hasta arriba te convertirás en una niña buena, un poco desabrochada te dará un toque sofisticado. Para encontrar la super camisa blanca (GWS – Great White Shirt) hay que dar preferencia al algodón de calidad, de espesor intermedio para no asarnos en verano ni helarnos en invierno, de un blanco inmaculado, forma clásica sin florituras, con botones discretos y cuello recto. Particularmente, me gusta que tengan puño de gemelo porque dan un toque elegante, pero puedes hacerla sport simplemente remangándolos.

·        Camisa con caída, es decir, babosilla, y de un color llamativo (pero no chillón), y mejor lisa. Los estampados no superan muy bien el paso del tiempo. Podéis daros el gustazo de elegirla con detalles que le den vidilla, como pliegues o un lazo.
·        Pantalón negro: cuando no sepas que ponerte y dispongas de poco tiempo, recurre a él y estarás salvada. Lo mejor es optar por un corte clásico y un tejido mate. Fantástico, pero no imprescindible, si tenemos el traje.


·        Unos buenos jeans: parece de perogrullo, pero hay gente que lleva unos vaqueros que… cielos! El gran Yves Saint Laurent manifestaba que era la prenda que le hubiera gustado inventar. Este pantalón no se parece a ningún otro: es práctico, robusto, sexy, intemporal y nos puede acompañar de día y de noche. Para elegirlo hay que resistirse a los dictados de la moda y tomarse un tiempo para elegir el que resalte nuestras curvas (o la ausencia de ellas o el exceso de las mismas). Lo mejor es un cinco bolsillos recto, evitar la acumulación de detalles (cremalleras, franjas, bordados, brillitos) que le dan un aire de baratija y decir “no” a los bolsillos con solapa cuando tenemos un trasero JLo.

·        Jersey de cashmere e incluso un twin-set (rebequita -como me gusta esta palabra- y jersey en el mismo tono). Genial con tejano y bailarina.
·        Un vestidito negro (LBD) o mejor varios de diferentes estilos. Seguro que los amortizas porque te salvarán en cualquier situación. Con él podemos estar seguras de no equivocarnos en cualquier ocasión. Lo mejor es apostar por uno más o menos recto que alegraremos con los complementos y tener algún otro palabra de honor, con un solo hombro, con tirantes, corte imperio, baby-doll o incluso extralargo. Ni que decir tiene que el secreto es elegirlo en un tejido de calidad, evitando los brillos y los muy ajustados, que soportan mal el paso del tiempo (y las verdades de la báscula).


·        Un vestidito blanco (LWD) mejor corto. En cualquier momento puede llamarte George Clooney para proponerte matrimonio en una playa de Malibú, y fíjate, ya estás preparada, no sea que se arrepienta.
u Para decorarnos:

·        Bailarina: negro, azul marino o nude. Fantásticas las flexibles que se camuflan en el bolso y nos pueden salvar la vida cuando sentimos los taconazos que llevamos puestos clavados en la nuca.
·        Dos buenos bolsos: un bolso XL que nos acompañe en el trote diario y un bolso pequeño. Hay que gastar en ellos como en la educación de los hijos porque son una inversión para el futuro. En bolsos, chulazos, purasangres y sartenes no se puede escatimar.

·        Un fular o pañuelo de calidad con un poco de color.


·        Zapato básico salón, que sea escotado y preferentemente en negro o nude. Igual que con los bolsos (los chulazos, los purasangres y las sartenes) siempre es rentable hacer una buena inversión en zapatos.


·        Zapato masculino tipo Oxford o mocasín. Ahora están de moda (¿cuando no?) y nos pueden hacer más llevadero el ir de casa al trabajo, del trabajo a comer, de comer al trabajo, del trabajo al super, del super al gimnasio, del gimnasio a casa y todo en doce horitas non-stop.


·        Cinturón de cuero, preferentemente de estilo masculino, es decir, no muy ancho y con una hebilla sencilla.

·        Buena bisutería (regatéale al chulazo y, con lo que te ahorras, permítete alguna joya). Un collar espectacular, una pulsera fantástica, un anillo llamativo o un buen reloj puede levantar cualquier outfit (todo junto te convierte en el árbol de Navidad del Rockefeller Center).

Y todo lo demás para alegrarnos la vida, que no se puede vivir sólo con lo imprescindible, ¿no creéis?